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Carlos Vásquez Vela, pintor de todas las brochas

 Escribe: Pedro Vásquez Puerta.

Carlos Vásquez Vela es un pintor de todas las brochas, nacido en Moyobamba. Criado en un pueblito enclavado en la montaña llamado Sugllaquiro, en medio de los bosques y animales. Realizó sus estudios de arte en Ica y Lima. Luego, a través de su pintura ha sabido ser un hombre itinerante que ha recorrido distintas partes del Perú, teniendo como recuerdos sus apuntes, bosquejos, dibujos y murales.

Su padre no veía con buenos ojos su afición por las artes. Pasó su formación artística luchando contra su familia para demostrarles que no estaba equivocado. «Mi padre quería que estudie medicina o ciencias biológicas puras. Tengo un hermano médico. Él me decía cómo voy a estudiar arte, que eso no me va a llevar a nada, a no ser que sea Picasso. Pero a mí me gustaba. A veces mi viejo me daba para estudiar, para la academia preuniversitaria, pero ya estaba en la Escuela de Bellas Artes».

Desde los once años vivió en Ica. Estudió en el colegio San Luis Gonzaga. Terminó la secundaria y estudió una carrera técnica, pero se esfumó de ella, como sus lienzos difuminados. Dos ciclos de contabilidad no son nada para un predestinado del arte y la pintura. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Ica «Sérvulo Gutiérrez». Lo hizo sin decirle a su padre. «Cuando mi padre se dio cuenta que no estaba siguiendo sus lineamientos y estaba estudiando lo que quería, se molestó y me dejó de apoyar económicamente. Pero igual, continué por mis propios medios y recursos». 

Carlos hizo el servicio militar en Pisco, en el Grupo Aéreo número 9. Ahí aprendió el oficio de la peluquería, trabajo que lo ayudó económicamente. «La peluquería me sirvió para poder seguir estudiando lo que soñaba, porque mi padre me decía que haga lo que me da la gana».

Así continuó con sus estudios, le tocó salir a trabajar y recorrer diferentes ciudades del país. Se fue a Lima en busca de fuentes de ingreso, pero sin dejar su pasión. Siguió estudiando en la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes.

Y hasta que un buen día regresó a la selva y trabajó como diseñador gráfico para el Grupo Romero en Palmawasi (Uchiza), en Tocache. «Me encargaba de los diseños artísticos de su marca, en ese entonces no se usaba mucha computadora y todo era a mano. También hacía los paneles para promocionar los productos; creaba grandes paneles de aceites, de jabón. Inventaba logotipos, bosquejos, inclusive algunos ajustes de planos en dibujo técnico. Era colaborador de los ingenieros. Ahí aprendí que la pintura puede ser también industrial. Porque me decían: “Mira, queremos pintar este tanque” o “hay tubos de alta temperatura que los queremos pintar. Tú eres pintor”. Pero yo no era pintor de brocha gorda, aunque una vez pinté un carro. Fue ahí donde me hice más completo, porque estaba entre lo artístico y lo industrial. Muchas veces para la pintura artística no hay tanta oportunidad para trabajar, en cambio en el ámbito industrial, comercial y publicitario, hay más, entonces yo lo compensaba».

En la Escuela de Bellas Artes «Sérvulo Gutiérrez» empezó a pintar su entorno: desiertos, lunas, campiñas y lagartos. «Comencé con paisajes iqueños y luego me fui adaptando a paisajes serranos. De ahí empecé con lo que siempre hago: pintura figurativa, surrealista e impresionismo en cuestión de colores. Pero es casi siempre figurativo, porque siempre tomo objetos reales: personas, manos, rostros. Hoy en día pinto cosas más selváticas, costumbres de las zonas. Cuando estuve en Lamas he pintado muchos nativos con la temática del barrio Wayku, en murales grandes». El mural es un arte al que cualquiera puede tener acceso. Concientiza a la gente de lo que es el arte y de lo que se puede transmitir a través de ello. Un mural siempre es expresión, es protesta y comunicación.

Hace poco, Carlos ha pintado un mural en Pachiza, en escala de grises con sombras negras; un personaje indígena que representa a la cultura de los Hibitos, pescando una carachama. Fue toda una odisea, me cuenta. La selva le regaló agua del cielo y no pudo hacer lo que tenía pensado. «Yo quise, en un primer momento, usar colores primarios y chorreados, y sobre eso ponerle el negro. Pero el tiempo no me dio. Llovía constantemente y yo estaba distante del pueblo, no había ni señal para el celular. Entonces tenía que hacer lo que podía y comencé a trazar con negro y me di cuenta que quedaba mejor. Lo único que tuve que hacer era sombrear un poco más».

Hace siete años empezó a masificar sus murales en Tarapoto, los que casi ya no existen por el paso del tiempo. Trabajó con el empresario Carlos Gonzáles, el hombre que apostó por la cultura. «Él nos ha apoyado bastante a todos los pintores, y eso nadie lo puede negar. Cualquier artista nuevo que llegaba, él le compraba su cuadro. Tuvo centenares de cuadros. De Rupay, de Saurín, de Echenique, de Yolanda Razetto y de los pintores que iban apareciendo. No hay artista, aquí en San Martín, que tenga cierta experiencia y recorrido, que no haya pasado por la casa de Carlos Gonzáles.

El arte es una definición compleja, el arte es estética, belleza, comunicación, creación y muchas cosas más. La pintura es el medio por el cual Carlos Vásquez se expresa y la música es el motor que le impulsa a seguir pintando. «Para pintar tengo que escuchar música. Mis gustos son muy diversos. Puedo escuchar desde una chicha de “Los Shapis”, me gustan “Los Mojarras”, “La Sarita”. Puedo escuchar eso o puedo estar con una cumbia selvática, con “Los Hijos de Lamas”, “Los Curacas”, “Los Alegres” de Bambamarca, “Los Dexters” de Uchiza, “Las Águilas” de Saposoa, pero también disfrutar de la música clásica. Eso depende de mi estado de ánimo, no tengo una música exacta para pintar, pero siempre tengo que estar con música. En ese momento estoy en mi mundo».

Por ahora, Carlos Vásquez tiene previsto pintar una serie de juegos infantiles que marcaron una época: las escondidas, la carroza, el trompo, las bolitas. «Hay cosas que a mí me marcaron. Nosotros jugábamos de niños en Tahuishco, un sector de la vieja ciudad de Moyobamba, donde antes era un arenal y se tenía acceso al barranco, de donde nos lanzábamos. También jugamos la rueda. Con un palito movíamos la rueda, que era una llanta y hacíamos competencia. En Sugllaquiro había unos concursos inolvidables, porque desde las alturas de las lomas se soltaba una llanta para que alguien la agarre abajo. Era todo un reto porque la rueda venía rebotando. Había varios juegos que es bueno volver a recordar: las cometas, el hilo con el vaso para hablar como un teléfono. La voz se trasmitía por vibración. Ese tipo de trabajo es lo que quiero hacer como un nuevo proyecto».

Carlos me despide y se va caminando con unas zapatillas manchadas con gotas de pintura de diferentes colores, soñando en su niñez, en su locura por el arte y pensando que ha logrado, finalmente, ser un artista que le pinta de colores a la vida.   

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