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No es un mérito ser bueno, es simplemente un deber


A casi medio año de la declaratoria del Estado de emergencia, me cuesta creer que un cúmulo de conductas extremadamente individualistas -cuasi delincuenciales- se hayan suscitado en este país (saboteado ya por sus propias autoridades).

Por ejemplo, en un primer momento la gente de estratos sociales altos abarrotaba el papel higiénico en todos los supermercados de la capital. El primer día de cuarentena yo veía tan estupefacto a los distintos miembros de una sola familia empujar tantas bolsas de 12 o 24 rollos en el carrito de compras ya colmado de otros productos. Yo nunca supe qué hacer ni qué pensar en un primer momento, simplemente era una sorpresa grande tener ese escenario frente a mí que, iba solo por un par de rollos de papel, y de pronto ya no había. Entonces, decidí comprar mis cosas en las pequeñas bodegas de barrio, porque ellos sí tenían los productos que yo necesitaba, mientras que en los supermercados faltaba de todo. 

Al mes siguiente, las mascarillas y guantes quirúrgicos escaseaban en todas las farmacias al punto de costar hasta 5 o 7 veces más de su valor habitual (si los encontrabas, con suerte). Lo mismo sucedía con los productos como alcohol en gel y similares. De hecho, llegaron a desaparecer por un tiempo debido al acaparamiento exagerado de ciertos ''emprendedores'' desalmados que, aseguraban sus provechosas ganancias en un futuro doliente y cercano. Ni hablar de las cadenas de farmacias y boticas, que son la misma representación ampliada, desarrollada y con licencias para comerte semejantes crímenes.

     Era el mes de abril y mientras los infectados llegaban a los hospitales como si se tratase de un tsunami a medianoche, la creciente necesidad de medicinas se hacía evidente, y nuevamente los acaparadores trataban de agotar hasta la última pastilla en todos los establecimientos del país, para luego esperar maliciosamente la muerte de los enfermos y así, revender esos medicamentos acaparados a 20 o 30 veces más de su precio habitual a los familiares que llegaban a Emergencias con sus padres, abuelos o hijos moribundos... quisiera continuar escribiendo, pero sé que estas líneas se transformarían en páginas de páginas y más páginas, y la verdad es que ya la vergüenza me tortura. 

Todo lo que he visto formará parte de la historia de este país, sin embargo hay algo que me aterra aun más, es que a la gran mayoría de personas no les importa en absoluto ''estos acontecimientos oscuros que han creado'' y será tan fácil olvidar nuevamente que: entre conciudadanos nos hemos desgraciado tanto la salud, la vida y la dignidad humana (si acaso la tuvieron, malditos).

Personalmente, no creo que esta experiencia nos reforme o haga de nosotros una mejor sociedad, porque de hecho somos múltiples sociedades viviendo en un mismo ambiente tan dispar. Pero, sí puedo asegurar que aquellos individuos que fueron conscientes en todo momento de que la vida de otro ser humano importa tanto como la suya, los volverá grandes gentes en esta ''insólita nueva normalidad''. 
Por último, quiero que el lector interiorice que no es un mérito ser buen ciudadano, es simplemente un deber. 



Escribe: Percy Aleksander Flores Navarro




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