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Libros: El corazón de las tinieblas


El corazón de las tinieblas 

Escribe:  Juan Carlos Suárez Revollar

El horror, la locura, en las tinieblas de la humanidad


Dislocada y delirante es la imagen del Congo belga de finales del siglo XIX en El corazón de las tinieblas (1899), la obra maestra de Joseph Conrad. La novela inicia con un ambiente apacible y diáfano, poco antes de que Marlowe relate su inmersión en unas metafóricas tinieblas, un mundo primitivo donde el alma humana toca fondo y pierde todo asomo de razón. La historia ocurre en la jungla africana —aunque en el libro no se menciona ubicaciones—, controlada por la Societé Anonyme Belge por le Commerce du Haut-Congo, que pese a sus pretensiones filantrópicas, era en realidad una codiciosa empresa de explotación, saqueo y exterminio.
Al margen de la realidad real, el narrador tiene una visión particular de las cosas, que muestra a gentes trastornadas y carentes de toda lógica. Son elocuentes el barco que cañonea hacia la nada en los matorrales o los constructores del ferrocarril que realizan voladuras demasiado alejadas de los futuros rieles. Estas tierras llevan a tornarse en violentos a hombres apacibles; y además de la mente, destruyen el cuerpo con la malaria y otras enfermedades tropicales, si es que el desquiciado estado de los hombres blancos no los lleva a matarse o a obligar a los nativos a asesinarlos en legítima defensa. Las tinieblas podrían definirse como lo más oscuro del alma humana, donde confluyen el mal y la locura. Pero también lo más primitivo de la tierra y los inicios de la creación, un territorio inexpugnable y alejado de la civilización.
El verdadero protagonista de la novela —implícito y constante— es Kurtz, una inteligencia superior que no solo ha acopiado para la compañía más marfil que todos los demás agentes juntos, sino que ha construido en su estación, a partir de la nada, una suerte de reino donde él es tenido entre un monarca y una deidad. El retrato de profunda admiración que le hacen los demás contrasta con el mesurado e incrédulo que recoge Marlowe, pues este lo conocerá en los albores de la muerte, cuando la enfermedad y la locura —hombre al fin y al cabo— han destruido lo extraordinario que había en él. ¿Qué lleva a un ser de gran talento como Kurtz, sensible a la poesía, la música y la pintura, a abandonar Europa para sumergirse en las tinieblas? La razón sería pueril y terrena: desaprobado por la familia de su prometida por no ser lo suficientemente rico, se sugiere como causa la impaciencia por su pobreza. Como los otros, su objetivo es extraer los recursos del Congo, pero queda claro que él es todavía peor, pues ha saqueado, robado o estafado más marfil que el resto.
Para Marlowe la estación de Kurtz es «una tenebrosa región de sutiles horrores y de un salvajismo puro». Desde su llegada a ese punto, la narración toma un cariz delirante, como si se tratase de una pesadilla.
Aunque se revela que el ataque al vapor que acaba con el timonel muerto fue por orden de un Kurtz ya enloquecido, la confusa batalla tiene el aspecto de una confrontación entre las fuerzas de la naturaleza y el hombre blanco que ha llegado para saquearla, una constante en toda la trama.
La novela tiene a dos narradores: el primero es anónimo y reproduce lo que Marlowe —el segundo— le cuenta de su experiencia en el Congo. Este doble filtro profundiza la subjetividad del relato (de por sí, la historia de Marlowe ya lo es).
Antes de morir, Kurtz resume en sus últimas palabras el estado en que ha acabado toda la aventura congolesa del hombre blanco: «¡El horror!». No creo que exista intento mejor que esta novela en la eterna exploración de las tinieblas de la humanidad.


Kurtz y Marlowe: peregrinos de las tinieblas


El personaje más importante de “El corazón de las tinieblas” (1899) —la genial novela de Joseph Conrad (Polonia, 1857-Inglaterra, 1924)— es Kurtz, un europeo que ha hecho su propio reino en una estación de la colonia belga que era el Congo, en el África Central, donde una hueste de rufianes empleados por la Compañía venía saqueando el territorio y esclavizando a los nativos. Lo conocemos a través de Charlie Marlowe, un personaje con tanta afinidad con Conrad, que este no dudó en aceptar que se trataba de su alter ego (además aparece en Juventud, Azar y Lord Jim, otras historias del autor).
Debe destacarse que Marlowe no es el verdadero narrador de la novela, pues ese rol recae en un anónimo personaje que, en tanto lo describe junto a sus compañeros de cubierta en el Nellie —mientras surcan el río Támesis en Londres, tan afín en la novela al río Congo—, reproduce lo que ha empezado a contar de su breve experiencia como «marinero de agua dulce», cuando tuvo que internarse en las tinieblas.
Por su compleja estructura, Kurtz aparece como una figura de tercera mano: si bien Marlowe es el testigo que lo ha conocido e interactuado con él, la mayor parte de lo que sabe de Kurtz proviene del testimonio de terceros. Sumado a ello, ese retrato suyo llega filtrado por el narrador anónimo, alcanzando así el tope de la subjetividad.
Aunque Marlowe ya había leído el brillante informe escrito por Kurtz para que sirviera como guía a la organización fachada de supresión de costumbres salvajes (es anulado por su propio autor con una sola frase, agregada cuando ya perdía la razón: «exterminad a todas estas bestias»), lo impresiona recién oírlo. La única forma —para él— de reconocer la grandeza de otro hombre era escuchándolo. Por eso la verdadera conexión entre ambos llega a través del caótico y sucinto diálogo que sostienen. Marlowe se ve obligado, entonces, a mirar a través de la esencia de su ser, y halla en Kurtz «el inconcebible misterio de un alma que no había conocido frenos, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente consigo misma».
En efecto, la lucha interior de Kurtz se debate entre el llamado de lo salvaje (con el que se integra tan bien, al extremo de convertirse en una suerte de deidad para los nativos e incluso para los blancos) y la posibilidad de retorno al mundo de los hombres «civilizados» (así, entre comillas). Es difícil adivinar cuál de las tendencias iba a triunfar en él. Kurtz se ha vuelto salvaje, diríase loco: ejecuta a sus súbditos (los que osaron revelarse o, acaso, a los que se le antojó matar) y convierte sus cabezas cortadas en motivos ornamentales a la puerta de su palacio. Ese frenesí llega por su debilidad hacia el marfil, ante el cual es incapaz de atender razones. Pero el último lote que ha guardado para sí —y que acopió «tras riesgos personales absurdos»—, nos remite por su fin utilitario a un posible retorno a Europa, donde lo espera su prometida.
Hay personajes en la literatura a quienes se recuerda con la afabilidad de aquellas amistades gratas y entrañables. Eso son Marlowe y Kurtz, dos viejos amigos nuestros que peregrinan en las tinieblas de la humanidad.

La «Compañía» en el Congo

El Congo era una colonia controlada por el rey belga Leopold II, donde puso en marcha una Compañía dedicada a la extracción de marfil, caucho y copal. Aunque empresarialmente era tan ineficiente como se pueda concebir, sus gigantescas ganancias solo son justificables por la mano de obra esclavizada a través de la tortura y el asesinato por los rufianes a los que tenía por empleados, cosa que también refleja Conrad en El corazón de las tinieblas. En la novela, además, define la intención moral de los europeos que tratan de arrancar riquezas a esta tierra y la compara con la de unos bandidos que violentan una caja fuerte.

Sobre el autor

Joseph Conrad
Nacido en Polonia en 1857 con el nombre de Konrad Korzeniowski, escribió su obra en inglés. El ejercicio de la marina en su juventud le dio abundante material para sus más de veinte novelas, que distan largamente de la literatura convencional de aventuras por la profundidad y el cuidado de su técnica. Obras suyas son La línea de sombra, Lord Jim, El agente secreto o El corazón de las tinieblas, esta última protagonizada por Marlowe, un alter ego suyo. Se trata de uno de los narradores más importantes de la literatura universal. Murió en Inglaterra, su segunda patria, en 1924.

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