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Relato: Manchego



Manchego
Dante Castro Arrasco

El Gran Capitán esperaba tropas de refresco que vendrían desde Ocopa. No sabía que le mandarían el doble de lo solicitado: ochenta hombres para dar batalla a doscientos infieles que atacaban desde la profundidad de los bosques con flechas, dardos y otros proyectiles. Así enfermasen cuarenta, los demás vencerían por el hierro o la pólvora. Todavía no había aprendido que su debilidad era la noche y su fortaleza estaba en las piraguas ligeras con que dominaban los ríos. Eso se lo enseñó el Manchego, como también a aprovechar la oscuridad para entrar a campamentos pasando a cuchillo a los vigías silenciosamente y atravesar con espadas a los que despertasen. Manchego no necesitaba fuego de arcabuces, pero sí truenos y relámpagos en el cielo para que escampen las nubes.

Manchego lo llamaban antes que perdiese contacto con los cristianos. Convenció a unas tribus para que peleasen con otras, tomó el brebaje que hace extraviar la cordura vieja para hallar una nueva que revela los herméticos cauces y meandros de un universo maravilloso adonde habitan los dioses de los aguajales. Para que entren las misiones católicas a esas quebradas boscosas de salvajes desnudos, hacía falta el Manchego.

Supieron que vivía tras tupidas cumbres escondidas bajo brumosas neblinas. Enviaron al mestizo Cauxil, mozo ladino que hacía puente entre culturas recelosas y hablaba idiomas que aún no dominaban los evangelizadores. Y Cauxil caminó, subió y bajó por montes y humedales, sorteando peligros naturales y escapando de caníbales que querían cebarse con sus garridos muslos. Cauxil lo halló al fin, atendido por seis esposas jóvenes, casi niñas, que le prodigaban prole. Manchego no usaba botas ni calzas, pescaba con arpón y cazaba con flechas. Le habían descrito a un soldado español veterano de batallas mediterráneas contra flotas musulmanas, que redujo las altas almenas de castillos indomables y fue conquistador en Panamá. No podía creer que tras ese pálido cuero curtido por más de cincuenta ásperos años, respiraba el héroe perdido de la corona.

Al principio quiso matar al visitante, sospechando que lo enviaban de verdugo. Pero le ganó el sentimiento al escuchar las armonías de esa lengua con la cual su madre le enseñó a cantar ternuras o a pedir el alimento; entonces le mandó a sentarse en cuclillas, sin poner las nalgas en el piso, ofreciéndole coca y masato, cecina seca, pescado salado; todo menos alguna de las mujeres que sin conocer el pudor exhibían sus delicias carnales.

Cauxil le habló del Gran Capitán, su jefe y amigo veterano de antiguas campañas. Contó que las misiones jesuitas querían fundar en el cruce de tres ríos grandes como mares, una aldea parroquial de avanzada para cristianizar naturales. Manchego lo miró con ojos ofídicos que ven detrás del pellejo,  escrutando la esencia de su ser en los órganos más nobles y en el tuétano de sus huesos. Por un instante, Cauxil temió que hubiese degenerado en antropófago. Manchego estaba hecho al monte, a los bichos y a la lucha cotidiana por sobrevivir: le habría sido fácil saltar, encaramarse en sus espaldas y matarlo. Además notó que cuando hacía referencia a Dios, a la evangelización y a la iglesia, Manchego sonreía burlón.

Fue a reunirse con el Gran Capitán en Palca, el último tambo del errático sendero que se precipitaba de los Andes a las zonas tropicales. Y la soldadesca vio con sorna al sujeto semidesnudo que se acercó al campamento, llevado por el servicial Cauxil, hasta la tienda del Gran Capitán. Sorpresa para todos fue que el jefe le rindiera honores militares a un estrambótico blanco con taparrabos, flechas y lanza.
―Te serviré, mi gran amigo, pero consentirás que mande la tropa en el ataque y después, con lo que quede, haga yo a mi antojo.
―Manchego querido, por mi honor juro que así se hará. Mandarás a estos soldados y te harás de los despojos. Serás brigadier en donde yo sería vencido como mis anteriores enviados.

Manchego organizó a la soldadesca bajo un plan poco ortodoxo. Antes reclutó indígenas de pueblos dóciles para que hicieran piraguas. Ningún español hubiera podido hacerlas con tanta rapidez. Luego indicó techarlas a dos aguas, trenzando y entramando lianas fuertes para que pudiesen soportar las flechas. Navegarían hasta la zona de los guerreros Yámunk, que no dejaban pasar misioneros ni comerciantes. Un soldado osó rebelarse a la excesiva autoridad de Manchego, pero éste lo mató delante de todos usando solo sus manos. El Gran Capitán vio la escena con sonrisa cínica,  sin impedirlo ni censurarlo. Desde entonces nadie quiso desobedecerle.

Adentrándose en parajes desconocidos, exuberantes, por corrientes fluviales que se multiplicaban al interior de las selvas, perdió en el camino veinte hombres y cuatro piraguas. No se conmovió, pues sabía ganar batallas sin lamentar sacrificios. Al tocar tierra, ordenó que se despojasen de petos, cascos y escudos. Atacarían el campamento con espadas y dagas, sin mosquetones ni arcabuces. Aprovecharían que siendo la última noche de plenilunio, los Yámunk habían bebido Yajé para dialogar con los espíritus de sus muertos.

En el ataque perdió quince hombres más. Luego mandó que separasen a las mujeres viejas de las jóvenes y a los niños de las niñas. Las tiernas fueron arrancadas de sus madres a la fuerza y reunidas a punta de lanza en un corral  sin techo. A las viejas, como a los varones, las degollaron sin piedad. Manchego gritó que a los niños los capasen para ser llevados de servidumbre.
―Ahora, cristianos, tómenlas con gusto. A las que estén en edad de merecer, préñenlas esta misma noche.

Cauxil se le acercó emocionado.
―¿Cuál será tu última orden?
―Que no me sigan, porque marcharé con las preñadas adonde nunca me encontrarán y allá fundaré una nación con la simiente de los vencedores.

Debió guardarse la idea, porque apenas la escuchó el Gran Capitán, sentenció que decapitasen al Manchego, lo descuartizaran y esparcieran sus restos para que las fieras del bosque lo desaparecieran de la historia. “Serás mi héroe, varón de La Mancha ―murmuró― pero no consentiré que seas dios”. //

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