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Relato: El flaco



El flaco
Autor: Jorge Luis Salazar Saldaña


Coco Lucho, era tan flaco que cuando asistió a la primera clase de Educación Física, sus compañeros y compañeras de salón no pudieron aguantar la risa y para remate cuando llegó el profesor le dijo:

—Fantasmagórico, vete a traer un balón de fútbol del Departamento de Educación Física.”

 Corrió para no escuchar la carcajada de sus compañeros. El profesor acababa de bautizarle con el nombre de un héroe de cómics. Debía sentirse orgulloso. Pero al ver que su cuerpo se parecía al de la viejita del cuento de Simón, personaje de la novela “Los Perros Hambrientos” de Ciro Alegría, que se lamentaba que estaba güeso y pellejo, lo tomó como una burla.

 Y por culpa del profesor de Educación Física, se quedó con ese apodo.

Cada semana, en las dos horas del curso, tenía que pasar por la vergüenza  de mostrar su estructura corporal de un metro sesenta y cinco de hueso y pellejo. Un día, asistió con buzo con la idea de esconder sus piernas de palo de escoba o de Olivia, la eterna novia de Popeye, el marino. Pero el profesor lo hizo sacar, señalando que el uniforme de Educación Física del instituto es polo blanco y short azul marino. No quiero ver a nadie con buzo. No están en la costa, ni en la puna, advirtió el docente.

 Ese día pensó en no asistir nunca más al curso. Pero como era un alumno destacado y responsable y para no manchar con un rojo su impecable y brillante prestigio académico, no le quedó otra opción: soportar en silencio la burla semanal de sus compañeros y del profesor. A pesar que el bullying verbal lo afectaba, oídos sordos ejecutaba todos los ejercicios y participaba en todas las competencias deportivas. Debía vencer aquella mofa y el terrible complejo que tenía de su esquelética imagen corporal, mucho más en esos días que sin querer escuchó una conversación lapidaria en el seno de su hogar.

 —A Coquito lo veo cada vez más flaco ¿Tal vez tiene alguna enfermedad? —preguntó un poco preocupada su tía Saida.
—No creo —respondió su mamá, segura de la buena salud de su hijo—. Coquito, siempre tiene buen apetito.
—No debes confiarte hermana —dijo la tía en tono alarmista—.  Debes hacerle un chequeo médico. Su flacura puede ser la señal de alguna enfermedad que se está desarrollando en su organismo. Yo no lo veo normal.

Ese día no durmió.

Cuando se presentó al ejército, el médico, tan solo al verlo delante de él, desnudo junto a un centenar de jóvenes que pasaban examen médico para ser enrolados al servicio militar obligatorio,  lo declaró inapto definitivo por falta de peso.

—No vas a engordar así comas una tonelada de plátano —dijo entregándole los papeles para que tramitara su Libreta Militar.

“Soy flaco, pero no tengo semblante de enfermo”, pensó cuando se acostumbró a convivir con el complejo  de su imagen física y el temor de una posible enfermedad. “Además, no tengo ningún dolor”, precisó reconfortado.

Cuando salía  a pasear,  su exagerada delgadez llamaba la atención de las personas que transitaban por la calle.

—¡Mira mami! —exclamó una niña apuntándole con el dedo índice de la mano derecha—. Parece un muerto que camina.” La madre un poco avergonzada la recriminó haciéndola  bajar la mano.
—Pero parece un muerto, mamá —protestó la curiosa niña.

Una tarde, en el puesto de un vendedor ambulante, encontró un pequeño folleto que le llamó la atención. La imagen de un hombre musculoso ilustraba la portada del Manual de Ejercicios Atlas, y como estaba a un sol, lo adquirió sin dudar.

Y desde ese mismo día, todos los días antes de bañarse, comenzó a ejecutar en la soledad de su cuarto cada ejercicio del manual, despertando los dormidos músculos de su cabeza, tronco, extremidades inferiores y superiores. Concluía con un relajante ejercicio de meditación trascendental.

En poco tiempo logró desarrollar una masa muscular que  mejoró su apariencia y autoestima ante el asombro de sus compañeros y familiares.

El flaco que ya no era flaco, al final de ese año fue campeón de natación.


Cuento extraído del libro “Rosa la mosca y otras broncas de la escuela”.

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