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Relato: La última vez que la vi



Sin más ni más eran veinte para las diecinueve horas, la noche vencía paulatinamente al día, e inalcanzables las estrellas mostraban su hermosura a través de sus cuerpos desnudos. Siempre me preguntaba, ¿a dónde van los sueños cuando mueren?, ¿cuántos, desde que nací, yacían bajo alguna tumba? Diecinueve menos cinco, marcaba frío y sereno el reloj de la catedral, la única reina era la noche y quizá el aire caliente que daba la vuelta en círculos, imaginándome a la ciudad como un sauna gigante.

Patricia me dio el encuentro en el concurrido café, se acercó temerosa ¿Pasa algo?, le pregunté, mientras trataba de descifrar en su mirada alguna pista que me pudiera llevar a su temor; lo que pasa, Manuel, ¿no te diste cuenta?, antes de pensar en su respuesta y acostumbrado a sus súbitos ataques de filosofía mercantil, fui asaltado por un presentimiento peor que su inseguridad paranoica; para estar seguro ausculté mesa por mesa, vi señores conversando y tomándose un lounge, pareja de enamorados cogiéndose de las manos, entre otros; un buen grupo de ancianos ocupaban  casi silentes el lugar, mi presentimiento se esfumó y con él apareció mi pregunta: ¿qué pasa, loca?, ¿por qué tanto misterio?, pero es que no te das cuenta Manuel, ¿es tan difícil para ti percatarte que acá en el café hay muchos ancianos y donde están ellos siempre, siempre ronda de cerquita la muerte? Me reí a carcajadas, tan solo imaginar que esos inofensivos señores de la tercera edad podrían ser protagonistas de una de las tantas descabelladas ideas de mi amiga. Tomamos nuestro café sin conversar mucho, imagino que ella observaba todo con la idea de un cuento…

Encontré este escrito días después de la muerte de mi amigo que siempre se reía de mis noias, de mis miedos y de mis locuras casi congénitas. No tuve tiempo de llorarlo, en mi mundo acuoso no existen las lágrimas, que lloren otros, yo no, que suspiren otros, yo no. No sé cómo nací una dama, quizá por mi sexo voraz, mi cabello ensortijado y casi rubio podrían tildarme así. No quiero, no puedo sentirme vulnerable a este capricho del destino que es la muerte.

Los días pasan y el dolor se va convirtiendo en inspiración, ¿pero cómo puedo continuar este cuento con nombre cursi y tenor cuasi esquizofrénico (y él pensaba que la loca era yo)?

De tanto desahuevar mis barreras mentales y en honor a él, no se me ocurre nada. ¡Vaya título! Teniendo tanto que leer y cansada ya del trajín de  tener que salir con dos jóvenes sementales; así es, el sexo rejuvenece, tonifica los músculos, te pone una sonrisa de oreja a oreja, pero igual relaja y se podría decir que llega a cansar, me quedé dormida en el césped de mi recién inaugurada casa de soltera. Se apareció delante mío, sonriendo y rabiando sin querer, me miró como siempre, primero la panza para ver (estoy segura de eso) si había bajado de peso y luego mi hermosa y conquistadora sonrisa. Para mí, agnóstica convenida y psicóloga frustrada y casi fiel discípula de Freud, los sueños son desahogos de nuestro inconsciente producto del buen o mal sexo; pero Manuel fue muy claro a esta pregunta: ¿Y los sueños cuando mueren a dónde van? Me levanté horrorizada a tomar a sorbitos mi té verde que él mismo me había traído de oriente y sentí una especie de epifanía; claro, no se refería a otra cosa más que a las estrellas fugaces, era más que lógico que la última vez que vio una de ellas se le había olvidado pedir un deseo, quizá a costa de su propia vida, así es que decidí terminar el cuento con el mismo ridículo título.  No creo en las coincidencias, es más, el destino es una especie de ficción que inventaron los poetas para justificar sus versos. Pero justo al cerrar esta aplicación, después del punto final, observo la ventana y veo pasar una estrella fugaz, mis recuerdos me llevan a mi amigo, a su último cuento y es verdad, es la última vez que la vi, cruzando el cielo, llevando algunos sueños muertos. //

Escribe: Víctor Manuel Nieves Pinchi

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