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Utopías y desvaríos (25)


Conozco de cerca a un héroe de verdad, de estos tiempos. 

Es un total desconocido que va por las calles sin llamar la atención de nadie, a veces contento por haber salvado una vida, otras veces triste por no salvarse a sí mismo. 

No es ni musculoso, ni invencible, ni tampoco se eleva por los aires; más bien es un tanto obeso, débil, torpe e inseguro. Cuántas veces le vi caer en el fango, sucio, adolorido, indulgente con el desprecio, calmoso ante la humillación de miradas inclementes; le he visto pelear por sueños ajenos, sin esperar recompensa, adormecido de emoción con cada meta cumplida, feliz; en su abrazo sincero, tantas veces ha mostrado misericordia pura, paz, calor y sinceridad; con miedo pero a braceo seguro, miles y miles de veces, resuelto a no permitir que las personas se ahoguen en el fracaso, le vi adentrarse en un mar de incertidumbres, sorteando los escollos de una vida incierta, náufrago de la miseria; se ha caído, ha perdido muchas guerras porque le asusta la violencia, teme morir, sus defectos son miles, sufre con el frío, tiene hambre, sed…, y mañana mismo podría ser la nada, el vacío incierto, porque también es un humano de carne y hueso, sin poderes, con muchas dificultades; no hay virtud en él que lo distinga del resto, ni legiones de admiradores que sigan sus pasos, no existe siquiera un reconocimiento a sus acciones; sin embargo, su benevolencia supera la fuerza bruta y sus abrazos desnudos tienen la calidez del fuego… Es real, eso lo hace imprescindible.       

Los verdaderos héroes sí existen; a este le veo avanzar con la espalda inflamada, a cuestas con un mundo de penas, prisionero del mal tiempo. Va con sus ojeras delatoras de una vida apagada, de desvelos, ¡es que se ha equivocado tantas veces, que sus ojos no han querido cerrarse días y noches enteros! Si pudiera, pero no puede, se dejaría aplastar por su carga, caería al abismo en dulce reposo, libre al fin de la complejidad que ostenta el mundo. Caer, derrumbarse, ser parte de la tierra, del cielo, del aire…, o ser un espejismo agónico, gutural, inspiración del desastre. Pero no, no puede caer: aún le quedan muchas vidas por salvar.

Ser héroe ya no está de moda en la actualidad, ahora a nadie le interesa serlo. Hubo un tiempo en que sí los habían, por todas partes, a toda hora. Estaban en las escuelas, en las calles, en los establecimientos estatales y hasta en los supermercados. Andaban en busca de salvaguardar vidas, con la honestidad bajo el hombro, con sus capas de moral, prestos a brindar ayuda al desvalido y a sacrificarse por quienes necesitaban de ellos. Eran tiempos buenos, de abundancia, de armonía..., pero un día todo acabó y vino la molicie, de la nada, a perturbarlo todo. Desde entonces he visto poquísimos héroes. Algunos acabaron mal, sin vida, destruidos por la indiferencia, otros  tuvieron la desdicha de largarse lejos, perseguidos por algún gobierno rufián.

De este héroe que conozco, hace más de treinta años que le veo pasar cerca, arrastrando su tristeza. 

(M.V.)

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