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Utopías y desvaríos (24)



Un tipo a quien siempre esquivo para no mirar su cara, el otro día tuvo el descaro de pararse frente a mí, dispuesto a convencerme de ir a una reunión política. “¿De qué se trata?”, pregunté. El tipo este, animoso, me dijo que el partido más tradicional del Perú, varias veces gobierno, con muchos líderes históricos e incluso con la próxima presidencia asegurada, iba a organizar una reunión de jóvenes, importantísima, y que incluso el hombre más longevo de esta organización, les daría una video-conferencia y saludo via SKYPE. “Te invito, así socializaremos con mucha gente impetuosa y joven como nosotros”, me animó. Yo no dije nada al inicio; enseguida, tras mirarlo con repugnancia, así le hablé: “Primero: para la Constitución política peruana, ni tú ni yo somos jóvenes: ya hemos pasado los treinta; segundo: antes de decirte lo que vas a escuchar, te quiero preguntar si realmente perteneces a ese partido que dices. Responde.” Me miró contrariado, algo dubitativo. “Sí”, me afirmó luego de una pausa. “Dime la verdad, somos amigos y no quisiera tener que decirte esto”, insistí. “Sí, sí, ¡soy partidario!”, se arrebató. Y yo, sacando de mi bolsillo un billete de cien soles, mi único ahorro del mes: “Si de verdad eres lo que dices, ahora mismo me iré a una bodega y con este dinero, hasta donde alcance, compraré todo el jabón que pueda, para desinfectarme las manos de las veces que las estreché con las tuyas. No me importa si me tengo que lavar días y días, lo haré. ¿A cuánto cuesta cada barra? ¿Tres, cuatro soles? Con cien podría comprarme veinticinco unidades…” El baboso bajó la mirada con aparente resentimiento, y sin despedirse, se fue para siempre, creo, porque no lo he vuelto a ver hasta ahora.

Un segundo tipo, seguramente aburrido con su vida, cada vez que lograba dar conmigo, se apresuraba a invadir mi tranquilidad con preguntas personales. Yo siempre quise ser cortés con él, por eso mejor ni le respondía. Siempre era así, hasta que un día, cansado de sus acosos, me detuve a escucharlo. Tras haber oído sus miles de preguntas sobre mi familia, hijo, hermanos, salud, enamorada, trabajo, etc., le pregunté si creía en la reencarnación. “No. Aparecimos al azar”, me contestó, al instante. “¿No crees, entonces?”, volví a preguntarle. “No. Tampoco creo en Dios”. Sin decir nada más, en estado de aparente complacencia, hice el ademán de irme. “¡Espera!”, escuché de pronto, “¿y si creyera, qué?” Me di la vuelta. “Tú sí crees en la reencarnación”, le dije, “estoy convencido de eso; es más, sospecho que cuando te toque elegir un nuevo cuerpo, querrás ser un sapo”. Mis palabras fueron mágicas: el tipo se hizo sapo, hasta hoy. ¿O será que me he sugestionado y prefiero creer que lo es, para no escuchar sus estupideces?

Un tercero me hizo una consulta. Me dijo: “Tú que eres ingeniero agrónomo y que has estudiado en la “mejor” universidad del Perú, ocho años, a ver dime, ¿por qué algunas naranjas son menos dulces que otras? He sembrado la misma variedad en dos terrenos distintos y se nota que la de un lado es más ácida”. Después de hablarle sobre textura, PH, porosidad, fertilizantes, variedades, tipos de suelos…, finalmente le dije: “Como he estado mucho tiempo estudiando, se entiende porque me gustaban las materias y las llevaba más de una vez, te puedo decir que, definitivamente, si quieres que tus naranjas sean más dulces, debes ir a los distribuidores de abarrotes y comprar azúcar al por mayor. La dulzura va a depender de la cantidad de gramos que le añadas a cada planta, según las veces que lo hagas. De preferencia, te sugiero que tomes estas medidas en la etapa de floración. Es todo. Ve entonces, ve a comprar lo que te dije”. Y no se fue; más bien empezó a reírse en mi cara. “¡Carajo!”, le levanté la voz, “¿quién es el ingeniero acá?”

Un cuarto, uno que vende comida, nos recibió una vez, a mi y a unos amigos que vinieron a visitarme desde la capital, en su acogedora casa. Estábamos de lo lindo, almorzando, cuando de repente, “¿qué es esto?”, se sorprendió la mujer, porque ellos eran una pareja, “¡y esto!”, agregó el hombre. Me acerqué a ver en el plato, donde reposaba un juane de yuca y paiche, y vi unos minúsculos gusanos arrumados en colonias, por doquier. No supe qué hacer, la vergüenza que tuve fue grande. Pensaba: “en qué momento se me ocurrió traerles aquí”. Lo único que hicimos, como era de esperarse, fue largarnos de inmediato. Al día siguiente, no sé por qué, le comenté este percance a un amigo escritor y periodista. “Qué bárbaro, qué cochino, qué idiota”, fueron algunos de los adjetivos que le escuché decir, creo que hasta más indignado que yo mismo. Ni me imaginaba que al poco tiempo, en los días siguientes, iba a circular una noticia pública en la que se hacía escarmiento del descuido de algunas personas en cuanto a higiene en la alimentación; aunque no hubo nombres, la evidencia era marcada. Pues bien, a este amigo periodista, volví a visitar algunas semanas después. Me senté a su mesa, por insistencia, y mientras él me recordaba la escena de los gusanos, riéndose a carcajadas, yo me dispuse a comer. Hube dado dos o tres bocados, no más, a un arroz con frijoles verdes, antes de detenerme y mirar atentamente su contenido. “¿Qué pasa?”, indagó mi anfitrión, todavía con la sonrisa en los labios. Entonces levanté de mi plato un enorme gusano, de esos que hay en las vainas de los frijoles. Era grande, de por lo menos tres centímetros. El semblante de mi amigo cayó bruscamente; de la dicha, pasó al desamparo; de la vida a la inercia... Me quise reír a todo pulmón, como él lo había hecho hacía unos minutos, pero me contuve. Creo que después ni hablamos más durante todo el almuerzo.

Un quinto, el hombre más polifacético que conozco, un día me estuvo hablando de Dios; me decía: “Dios está a mi nivel”. Así hablaba, con aparente seguridad y por enésima vez, cuando de repente, un ruido nos hizo estremecer. Salió corriendo a ver qué era, y, ¡sorpresa!, vio a su moto prácticamente convertida en chatarra. Seguramente algún chofer, en afán de dar la vuelta a su vehículo o quién sabe si por puro goce, la aplastó de la peor manera. “¿Qué me estaba diciendo de Dios?”, me atreví a preguntarle. Mis palabras no fueron oportunas, por tanto, ni las hubo más ni tampoco encontré respuesta alguna. Mejor pasé a retirarme.
(M.V.)

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