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Utopías y desvaríos (8)




Me he olvidado de mi nombre, no sé quién soy. Alguna vez, me dice una voz, fui un cadáver, y aún antes, un ser terrenal. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, supongo, porque los cadáveres ya no existen ahora, lo sé desde hace un rato, luego de haber pisado unos huesos que más bien se han diseminado en forma de polvo, al instante...

Veo, no veo. No existe superficie, ni aire, ni agua, ni cielo; es más, los huesos debieron de ser míos, o de la nada, o del todo, porque eso sí: soy del universo ahora.

Siento punzadas en cada paso que doy, en mis entrañas claro está, no en ese cuerpo que alguna vez tuve, ausente de forma en mis recuerdos. Pero el dolor también es relativo, incierto y domesticado a la nulidad de mi ser, eternamente acogedor.

No escucho, escucho. La voz, la del inicio, no otra, me da pistas sobre mi existencia. La oigo tan desconocida, comparable a la dulzura de una melodía suave, o incitadora, o alienante e intensa... Como sea, pienso: "o me he vuelto un tirano acosador-acosado, o mis tímpanos se han envanecido con el hedor del vacío".

Me detengo, avanzo: mi desplazamiento comprende la vuelta al perímetro de un páramo inexistente, abismal. No sé por qué, en vano, mi interés se aboca al punto exacto desde donde la caída pueda ser más atroz, Pero no habrá el consagrado advenimiento, a no ser que se invierta la superficie y la gravedad disminuya a cero.

La voz, en tanto, ahora dulce y precisa, me recuerda lo que fui: un ejemplar macho de los terrícolas. Todavía mi nombre es un misterio, no obstante sí estoy empezando a recordar algo: una calle cercana a un bulevar, una casa modesta de fachada amarilla, un cuarto desordenado, una soga, tres cuadros en una pared rugosa, una silla, yo detenido cerca de la puerta...

Me es extraño reconocer las cosas por sus nombres, no creía tener esa capacidad, tampoco me es familiar el olor de la sangre, ¡mi sangre!, aunque creo haberla visto esparcida en el suelo, aunada en un gran charco, rojísima.

La voz me habla de lo que no pude encontrar, me está diciendo: "busca donde debas, no te detengas". Yo la reconozco, pertenece a quien se llevó mi tranquilidad.

Vivo, no vivo. Me despierto.

Necesito esa paz que me has arrebatado de un tirón, para alojarla en mi cuello y arrojarme al aire sin miedo, libre de esa vida tan complicada y llena de excesos que me perturba tanto.

Saltar...

Y abrirme paso por la inmensidad del tiempo perdido, hasta recuperar el entusiasmo que alguna vez tuve.

Y tocar tus manos, ver tus ojos, sentirte cerca, ¡siempre aletargado por la melodía de tus palabras y el escenario escabroso pero sombrío de tus ideas rebuscadas!

Y volverme más idiota que siempre, envanecido por el rumor de tus insinuaciones, que me tienen ahorcado de dicha, resuelto a no sucumbir en las probabilidades. Saltar.., volar..., tragar aire-Mis pasos se han perdido en la noche, y la muerte en su alucinada carrera en pos de mis ojos, se ha vestido de mí, para ensombrecer mis pasos.

Soy un tirano, eso soy. Con esta mirada acosadora que nada busca, me detengo en cualquier parte, donde no debo. Aquí o allá, las respuestas me agobian; pero, sin importar que mi necedad sea brutalmente acallada en cada tropiezo, comprenderlo todo es un merecido martirio.

Ya nada detendrá esta caída, menos el viento que acoge mi seguridad, motor de mis desvelos; menos la luminosidad del sol, encallada en mi frente abierta...

Este deceso es infinito. Lo es, por tanto, nunca voy a llegar al fondo, ni en miles de años de caída. Para qué, además, si mis desvaríos son mejores en la atmósfera, donde realmente me encuentro, arriba, muy arriba, por encima de las demás cabezas humanas que a las justas puedo ver. En todo caso, reflexiono, mí avance es para adentro, donde, aparte de encontrarse el polvo de mis extintos huesos, están mis temores y dudas. Afuera ya nada queda de lo que soy, si es que realmente alguna vez ful algo. 

(M.v.)

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