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Utopías y desvaríos (10)



Noche: un amigo que asegura escribir novelas de gran calidad, refiriéndose a alguien a quien un grupo de sanmartinenses ha enarbolado como ícono de la literatura amazónica, me habla: “si él es narrador, entonces yo soy astronauta”. Luego el cabroncito, como si nada, engulle su ración de cerdo. Yo me cago de la risa, primero, porque pienso: “si este gordito no es raro, en el próximo estornudo me convierto en Tongo”; segundo: me da risa su pose de intelectual y su nariz de sabihondo. Nada digo: mi risa es por adentro, se sobreentiende. Y nada más. A los pocos minutos me levanto y me voy.

Mañana: de todos los lugares del Perú, muchos escritores se han reunido en un salón de fachada celeste. Los veo bien, ordenados, satisfechos, ansiosos de recopilar más información, de donde venga. Yo los miro y pienso: “tanto cerdo, desde la mañana hasta la noche, los tiene felices”. Yo mismo me siento bien, o eso parece. Solo un inconveniente me perturba: por lo menos unas cinco veces, desde la mañana, he ido al cagario, y en breve..., ¡uy, otra vez!, el esfinter que ahora me domina, me dice despacito: “ve, ve, ve...” Voy, regreso, tomo pastilla, me siento mejor, contrato un auto, viajo, camita, sopa, descanso...

Tarde: estoy en una casona que lleva ahora por nombre: “Casa de la literatura”. Por la parte izquierda, en el extremo más alejado, delante de unos stands, un hombre de edad, delgado, fuerte, conversa con un joven. Me acerco a él, me entero que es escritor. Más cosas descubro: por ejemplo, que nació el año 1928. Entusiasmado entro en la conversa, cuando de pronto, le digo: “en Tarapoto - San Martín, esta semana presentaremos un libro”. Enseguida le digo que este escritor es ícono amazónico, etc., y al final: “¿lo conoces, escuchaste hablar de él”. El viejo me mira un segundo, “¡no!”, me dice. Y calla, olvida el tema, ni le da importancia. Lo siguiente que hace es recitarle un poema a una mujer muy guapa de quien cualquiera pudiera enamorarse; pero seguramente ella quiere a solo un tipo, por sobre todo. Mientras eso ocurre, imagino dos cosas: que en este país hay muchísima gente; y que nadie conoce a nuestros dioses.

Noche: “estoy, estoy... ¡perdiendo la razón estoy!” M.V.//

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