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La azarosa vida de Arturo D. Hernández

 Escribe: Miuler Vásquez. 


Se conocen pocos detalles sobre la vida del escritor amazónico Arturo Demetrio Hernández del Águila, natural de Sintico (Requena, geográficamente hoy parte de Loreto). Se sabe que sus padres fueron don Julio César Vargas y doña Filomena del Águila. Su infancia, según sus propias referencias, fue muy dura. Al respecto, en 1965, en Arequipa, en el Primer Encuentro de Narradores Peruanos, compartió algunos datos sobre su vida. Aquí, parte de ese testimonio:

Mi historia es bastante triste. Nací en una de las más apartadas márgenes del río Ucayali, entre la jungla y el pantano. Fui víctima de una frustración: mi abuelita paterna tenía esperanza de enviar a mi padre a Lima a la Escuela de Artes y Oficios, cuya existencia conocía. En esas apartadas regiones la máxima aspiración de los escasísimos habitantes de las márgenes de los ríos era tener un hijo egresado de esa escuela. La universidad no existía para ellos porque la creían inaccesible. Mi padre defraudó a mi abuelita y se casó con mi madre contra su voluntad y, cuando me quedé huérfano de madre, mi papá me puso al cuidado de la abuelita que descargó sobre mí todo el odio que tuvo por mi madre. Me ponía a temblar cada vez que veía a la abuelita con el látigo en la cintura, y eso era cuando menos tres veces a la semana, arremetía contra mis espaldas de niño, repitiendo su estribillo de siempre: “para que seas más dócil, humilde y no te parezcas a tu madre”. Cada vez que me sorprendía leyendo cuanto encontraba, y que en esas soledades era muy poco, me caían sus golpes diciéndome: “sólo piensas en ociosidades, te voy a hacer doctor a punta de palos”. Me apasionaba leer y me gustaba la carrera militar. Cierto día pasó por el lugar uno de los vapores fluviales cargado de soldados. “¡Cómo pudiera ser uno de ellos!” exclamé entusiasmado sin darme cuenta de que tenía a mis espaldas a la abuelita. “¿Con que quisieras ser soldado, no?, pues no llegarás ni a sargento por bruto”, me dijo. Pobre abuelita, entonces estaba muy lejos de imaginar que el bruto de su nieto llegaría con el tiempo a ser doctor, General del Ejército, y lo que es más, escritor.

 

Cada vez que llegaba mi padre de sus largas ausencias de extractor de goma elástica, la abuelita le daba los peores informes sobre mi conducta: “es un haragán, se mete al monte por no hacer nada y se sube a los árboles a leer cuanto hay y en las noches incursiona por la cocina y se come todo”. Recuerdo que por entonces me invadió una gran melancolía, pero nadie supo que lloraba en mi soledad. Tendría yo ocho años de edad cuando fugué. Mi padre me hizo perseguir y me capturaron. Mejor es que calle lo que entonces me ocurrió. La segunda vez que fugué ya no volvieron a encontrarme. Me dediqué a la extracción de la goma elástica y me convertí en un verdadero selvático; impelido por la audacia, solía atravesar sectores de la selva por la noche, por instinto sabía la proximidad de los cuerpos peligrosos, y podía detener el pie antes de dar la pisada fatal. Recuerdo que una vez estuve perdido en una selva inundada. Fui en socorro de un cauchero aislado en plena selva virgen, y al tercer día, casi muerto de agotamiento y de sueño, encontré una choza con un mosquitero templado en el cual me metí, quedándome instantáneamente dormido. Al día siguiente, al despertar, me encontré abrazado a un cadáver. A los 17 años me inscribí en los registros militares diciendo que tenía 20 y salí sorteado. Ahí fue cuando comencé a realizar mi destino. Un recluta me prestó el libro Adelante de Marden, aquel gran educador americano. Desde entonces pensé seriamente en mejorar mi vida por el estudio. En ese tiempo estalló una revolución, la revolución de Cervantes, que nos arrastró a todos los que componíamos el regimiento. Cuando fue debelada todos los jefes huyeron y los que quedamos fuimos apresados y llevados a Lima cargados de cadenas. Sigue una historia llena de episodios, que no creo del caso continuar.

 

Ventura García Calderón, en el prólogo de una de las ediciones de Sangama, escribe de él lo siguiente:

Nacido en diciembre de 1903, en plena selva, fue huérfano muy temprano y recorrió la floresta ayudando a abrir la trocha de cada día, machete en mano. Enrolado en el ejército, intervino sin buscarlo en una revolución local y fue llevado a Lima prisionero con cadenas en los pies. Libertado allí, pudo estudiar en la Universidad de San Marcos después de haber sido sucesivamente ayudante de cocina, peón en las urbanizaciones, conductor de tranvía, salonero en uno de los buques de la costa del Perú. Con el salario de un modesto empleo, paga sus estudios y se recibe de abogado en 1936.

Arturo D. Hernández contrajo nupcias con Talma San Martín del Castillo, en 1950. Tuvieron tres hijos y a la postre se encargaría de difundir toda su obra. Vivieron en muchos lugares de la selva, pero en 1952 se mudaron a Lima. En 1954, tras su publicación, Selva trágica ganó el premio literario más importante de ese entonces: Premio Nacional Ricardo Palma.

Las obras de este gran escritor amazónico son las siguientes: Sangama (1942), Selva trágica (1954), Bubinzana / la canción mágica del Amazonas (1960) y Tangarana y otros cuentos (1969).

Falleció en 1970, el mismo año de la muerte de otro escritor amazónico de trascendencia: Humberto del Águila.

 

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