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Utopías y desvaríos (32)

 
 


Has destruido mis ánimos a golpe de mentiras, con sadismo. 

Me queda este cuerpo, vivo aún; pero mis acongojados pasos ahora se han detenido en un charco oscuro de dudas, por donde pasar es imposible. 

Arriba en la inmensidad, la lluvia de desesperanza me traiciona. No he de vivir más, pienso, o más bien grito, antes de mojarme con sus lacerantes e infames gotas.

De nada me sirve tu engañoso consuelo, no ahora que me has desterrado de tu sucio cuerpo, con el propósito de entregarte al efímero placer que anida en algún cuartucho elegante…  Lo demás está dicho: dejarás de ser el candor que me hizo extender los brazos en afán de plegaria y dicha. 

Mis labios y manos están adoloridos; lo están, porque te han hablado y tocado hasta el hartazgo. También mis esfínteres se han desgarrado con la calentura de tu presencia, ¡y me duelen!, pero tengo los órganos en buen estado, incluyendo este culo ostentoso que me da tanta dicha cuando se me ocurren ideas xenofóbicas. 

Has defecado en mi alma, es la verdad. Desde la rama más alta de un árbol coposo, cual avecilla vil, me has ensuciado con tu oscura cagada. No me ensañé contigo, dejé mi dedo en paz porque tu plumaje es colorido y no quise estropearlo; de lo contrario, mi mano completa habría sellado tu impertinencia. Nada me hubiera costado introducirte rigor, lo admito. ¡De un lado a otro habría ido mi mano, atravesándote agravios a través del aire!; sin embargo, preferí hacerte creer que eras intocable y que tenías grandes ventajas debido a tu apariencia y tu vuelo.

Voy, me detengo, me abro paso, intento retroceder…

Esta lluvia, macabra, se ha extendido únicamente sobre mí: a donde vaya, por el lugar que me dirija, todo el tiempo, parece ser una sombra mía, inventada para perseguirme durante una eternidad. 

Es un golpe kafkiano este pesar, a mi medida, ¡no se parece a ningún otro!

He de quedarme aquí, intuyo. O preferible suprimo el aire que me conduce y aguardo el desenlace inminente, que es un proceso renovador, de cambio, ausente de lo típico: ni hay porqué podrirse, ni los anhelos eternos merecen cabida. 

Ahora te descubres en la densidad de la atmósfera, en elemental posición. 

A todo le encuentro minúsculo desde aquí abajo, salvo a tu delicadeza, de origen espectacularmente abierto y de una profundidad indeterminada en donde a mis anchas pude ver un desastre galáctico. 

El atrevimiento de liarte con la mal formada indignación, por todo lo que descubrí en tu interior, te lo seguro, no te conviene; preferible evoca a tu juicio con dignidad, antes de abrirte al espacio adecuado, donde seguramente ha de primar la lascivia.

Adelántate de una vez, no te detengas a contemplarme si no vas a decir nada. La distancia es corta y larga a la vez, segura y peligrosa, ensombrecida y luminosa… ¡Sigue! 

La conciencia se me va con esta aparente tranquilidad. Me veo a mí mismo con la tez pálida, amarilla. No sé lo que soy, no sé qué forma tengo...

Decido no mirar, o me hago esa idea.

De un segundo a otro intento abrir los ojos y me doy cuenta que no están en su lugar; es más, no tengo una cara, ni órganos, ni cabeza... ¡Debo de ser muy importante, porque nadie se me acerca!

Es todo, en unos segundos la vorágine que da paso a la limpieza, al fin me va a trasladar a donde pertenezco. No distingo bien mi alrededor, aunque sí percibo un agujero oscuro, y orines, sí, y papel... ¡Empiezo a desintegrarme! ¡Ya voy! 

(M.V.) //

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