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Utopías y desvaríos (30)




El escritor (poeta, ensayista y experto en temas amazónicos) a quien todos conocen y admiran por esta parte del mundo, el otro día me dio una lección de cómo debe actuar un hombre que “trasciende”.

Si yo quiero serlo, según lo que le entendí, debo ser:

Ante todo, DESCONSIDERADO. Siguiendo su ejemplo, ningún amigo, por más que invierta su dinero en mí y sea “entrañable”, merece que lo mencione. Suficiente con que mi iluminada presencia, ¡la que realmente importa a todos!, en su momento y solo por unos segundos, le permita asomar su oscurecida cabeza.

EGOCÉNTRICO. Yo, por sobre todo. Es importante anunciarme a mí mismo. ¡Soy el escritor del siglo!, ¡del milenio!, ¡de todos los tiempos!, ¡del universo!

PRESUNTUOSO. Una publicación mía, unas palabras o incluso un gesto, podrían tener enorme influencia en las ventas de un escritor de poca monta, así que debo cuidarme de no malograr mi bien ganada reputación comentando libros tontos o elogiando a todo aquel que se crea escritor. ¡Es que se escribe y dice tanta cojudez!

SABIHONDO. Para impresionar a toda esa sarta de ignorantes que suelen ir a las presentaciones de libros, tengo que hablarles de autores extranjeros, con detalle, aun sin saber los idiomas de estos. Cuanto más difícil sean los nombres, seguro que dirán “¡qué inteligente!, ¡cómo sabe!”  Ya después, con esta sobrenatural inteligencia que poseo, buscaré la forma de adentrarme en el tema que me concierna; total, mi público siempre será un auditorio de pseudo-intelectuales, adeptos de mis palabras, sean cuales fuesen.

INDEPENDIENTE. Por un momento creí, al ver el último trabajo de este laureado escritor, que su trascendencia era engañosa; pensé esto al notar en la portada de su libro, el nombre de una editorial totalmente extraña. Luego me fijé en el diseño interior, e igual que los acabados exteriores, la pésima calidad era notoria. “¡Mierda!”, me dije, “¿será que este tipo es un pobre diablo como la mayoría del resto de mortales?” No quise dar crédito a mis ojos, así que tan pronto pude, luego de múltiples cavilaciones, llegué a una conclusión definitiva: su trabajo literario vale tanto como el oro, por eso no ha permitido que ninguna editorial lo publique. Ahora ya sé que los grandes hombres que “trascienden”, se dan el lujo de publicar libros de mala calidad y de poco tiraje (1000).

NARRADOR INCOMPARABLE. Se supone que es lo primero; sin embargo, para alguien que ha trasuntado por el mundo entero y publicado tantas cosas, es pura rutina. Los demás, en cambio, siguiendo su ejemplo, necesitamos marcar la diferencia, es todo. Primero hay que buscar nombres de amigos y hacerlos personajes (acoto que esto me pareció extremadamente inteligente); luego, hay que transformarnos en historiadores: es decir, recurrir a sucesos históricos y centrarse en ellos, con descripción plena, fechas, lugares, etc.; finalmente, no está demás darle un final brusco a la historia y enfrascarse en un debate que alimente nuestro ego. Y es todo, sencillísimo.

Y, siempre haciendo gala de ser un “gran maestro”, no está demás RECOMENDAR a los noveles cómo deben escribir. Si es en público, mejor. Es preciso humillarlos, no fuera que nos sobrepasen en talento y dejemos de reinar. Para este caso, hay que decirles que sus obras son descriptivas, sin que importe que las nuestras lo sean; hay que orientarles a que describan la psicología de los personajes, aun teniendo en nuestras historias protagonistas sin vida. Haciendo esto, la gloria seguirá en nuestras manos.

(M.V.)

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