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Utopías y desvaríos (26)


Mi gran conspiración, implica:

Vivir bien, aprovecharme de muchas personas y sacarle provecho al esfuerzo conjunto de estas, sin que se sientan explotadas ni descontentas con el salario que les pague. Anhelo verme en un trono de alguna edificación de las miles que tendré, observándolo todo, ensimismado en el odioso poder, presto a no mostrarme nunca a quienes me quieran localizar; pero eso sí, las esporádicas veces que sea necesaria mi aparición, mis discursos obrarán con dulzura y sutileza, siempre con el fin de encantar a las masas. Luego, se entiende, encandilado de orgullo y con sumo abatimiento, me rendiré a la limpieza extrema, para despercudir de mi cuerpo los malos aires.

Ser eterno. Esta vida que para todos es efímera, por acuerdo de las deidades que conforman el quórum divino encargado de estos asuntos, me será concedida eterna. Voy a invertir en mucho soborno, sin duda, y me tomará un prolongado tiempo convencer a los involucrados; mas nada es imposible en estos tiempos de crisis, menos si el placer y los vicios están de por medio. Ya todo está planeado: compraré conciencias de allegados, lotizaré el cielo, pagaré una fortuna en oraciones, haré donativos a los suburbios, veré la forma de infiltrarme en donde deba y, ergo, al fin lo lograré.

Encontrar la compañía perfecta. Cerca cuando sea necesaria, dispuesta a escuchar mis excentricidades sin criticarlas; lejos, en cambio, si no la necesito, agobiada por mis pesares. Contenta si me anima el entusiasmo; moribunda, si algún leve pesar me aqueja. En suma: una compañía ideal para cada segundo de existencia.

Hacer creer a todos que este mundo que habitan, les pertenece. Que todo humano camine por donde quiera, de día o de noche; que se apresuren a las cimas o precipicios creyéndose libres; que respiren, beban y coman de mi aire, agua y comida; que se sientan libres y que lo pregonen a voces llenas, por todos los medios; que cuando me vean por alguna calle, sientan que son lo máximo, incomparables, mejores que yo; que me extiendan la mano quienes se sientan bien haciéndolo, y que los otros, los que no deseen, que me aborrezcan... Hagan lo que hagan, vayan a donde vayan, humanos, ¡el mundo es mío y de nadie más!

Padecer todos los males, desdichas e infortunios que hay en este mi mundo, llegar a la agonía sin morir, recuperar la vitalidad pasadas las desgracias, evocar las recaídas, cantar, soñar, dormir, gritar..., y al final de cada padecimiento, detenerme a explorar el infinito, a salvo, vivo. 

Enarbolar un santuario donde reposen los pájaros caídos que alguna vez se consagraron al vuelo, abatidos por una piedra, o desterrados por cansancio, de tanto huir de los humanos inconscientes que odian la libertad.

La repartición de mis tierras. Ahí donde ahora están las edificaciones más modernas, los árboles han de crecer, libres y sin peligro, hasta llegar al tamaño que quieran. A los humanos les tocará ocupar los desiertos, a donde irán a parar en hileras, sin derecho a moverse, a la espera de agua y alimentos para sobrevivir. Llegado ese tiempo, en caso que se me antoje, me ocuparé de ellos; de lo contario, empezarán a extinguirse. Esto sucederá cuando se agote todo lo natural que los rodea: yo mismo me encargaré de que así sea.

Matar al "Papa". No a quien parece ser. En una constelación muy lejana en forma de cruz, cerca de dos estrellas que sobresalen del resto, hay un planeta habitado por seres de formas extrañas; en este lugar, "Papa" significa "vividor que proviene de otro planeta y que debe morir". A él, a ese extraterrestre que intuyo vendrá más pronto de lo que imagino, se le quitará la vida, no a otro.

Obligar a los humanos con lógica, o sea a unos pocos, a desenterrar los libros que se han perdido en el tiempo. Me hará feliz verlos  en esos afanes y quizás hasta premie ese esfuerzo.

Finalmente, esta gran conspiración, me da la libertad para escribir lo que me plazca, realidad o ficción, mentiras o verdades, historias coherentes o sin sentido, y más, seguro de cruzarme con adeptos que den cabida a lo absurdo, por puro capricho, sin entender absolutamente nada.

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