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Relatos: Desamor (fragmento)


Autor: Miuler Vásquez González

La amaba, hasta que la vio parir. Las contracciones surgieron sin anunciarse, en la medida en que sus pasos (los de ella, su mujer adorada) se acortaban para tenderse en su dormitorio, a la espera. Acababan de casarse y él, esposo fiel, aliviado en parte por saber que terminaría sus deberes de asistente personal, cansado, sin demora salió en busca de la partera, que vivía a unos cientos de metros más allá. Con ella, y algunas otras mujeres parientes, incluyendo a su suegra, retornó… La abandonada, cansada de la corta espera, al verlos llegar se desplomó sobre las sábanas acomodadas adrede en regular dosel y, tendida con los ojos cerrados, agitada, valiéndose del aire exterior sorbido con creces, no se detuvo en sus intenciones ni un solo instante: ahí mismo lo echaría afuera, vivo. "Puja, mujer, puja…", le decía la encargada de asistirla. El marido, en tanto, contemplaba silencioso, pensativo… Que abriera las piernas, que se relajara. Sí, ya veía su cabecita, "¡puja!, ¡puja!" Y ella, madre primeriza, evidenciando facciones de sufrimiento, apretando las uñas y contrayendo los dientes, dejaba fluir quejidos que más parecían de goce. "¡Ya sale!" Un poco más y el cuerpecito de un nuevo ser, "¿hombre, mujer?", ya afloraba lentamente, resistiéndose, haciendo forzosa su salida. Habría terminado de salir pronto y sin dificultades a no ser porque, en el último tramo ("¿hombre?"… "Sí, varoncito"), con la mitad de las piernas de la criatura afuera, a la madre se le vino en gana, de tanto esforzarse por menguar su barriga, deshacerse de una ventosidad que la tuvo en vilo varios minutos. Con eso, pensó entre lágrimas, acabaría su sufrimiento. Pero tras la flatulencia ocurrió una secuencia de erupciones parecidas, que al cabo de unos segundos, ya no eran solo gases sino concentraciones fecales, que para colmo, fueron a dar por entero sobre el recién nacido. Era una caca verdusca, liviana, aguada. Toda ella en la criatura, "¡qué horror!, ¡laven al muchacho!", que se resistió a llorar. "¡Lávenlo con agua tibia!" Con suciedad y todo, ante el alboroto del resto, los ojitos del recién nacido estuvieron obsequiosos a los acontecimientos de los derredores, ¡a él qué le importaba lo demás! De un lado a otro, acantonándose en los extremos, inquieto, "¡ha de ser este un hombre poderoso cuando crezca!", esquivando las asechanzas de los pecadores, "¡no nos mira!", fueron sus pupilas buscando el exterior a través de alguna rendija. El mundo le resultaba agradable, tibio, sin dolencias. ¿Y si se comunicaba un poco? ¿Y si abría la boca? En breve, tras haberle bañado y mientras le iban secando con una toallita blanca que olía a limón, un llanto acogedor, bien recibido, fue colmando el ambiente. "Bonito muchacho es: tiene los ojos de su abuela." Su vocecita era aguda, forzada. "No creo, a su madre se parece, ¡mírenle bien!" Al costado, en otra cama, la parturienta respiraba con tranquilidad. Ya no lloraba; más bien sus facciones, detenidas en unos órganos que poblaban un cuerpo estático y dormido, le hacían permanecer en un estado unánime, con regocijo. Al fin nacía, observaba el esposo para sus adentros. Cuánto dinero y poder se le había escapado por culpa de ese mocoso, cuanto desamor le acababa de otorgar su mujer, cuanto asco verle la mierda… No, no volvería a quererla, nunca más.//

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