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Cuento: NO LO MATES CAUSITA


NO LO MATES CAUSITA

Escribe: Elmo Laderas

Había sido un día malo para mí, así que decidí  irme a casa ha descansar. Estaba a la altura de la Av. Fauccet. Di media vuelta y seguí por la Av. Colonial con dirección al Rímac. De pronto un señor bien vestido me para y solicita mis servicios:

—Buenas tardes caballero ¿Cuanto me cobras hasta la Av. Tacna?

Para evitar que me rechace le propuse un precio razonable.
—Qué le parece 10 soles.
—Está bien señor —me respondió—. Lléveme lo más rápido posible. Si es posible vuele.
—A lo red buls —le dije en tono de broma, pero el hombre ni se inmutó. Así que decidí no entablar conversación alguna.
El pasajero vestía camisa rosada y un bivirí blanco. Un pantalón negro y unos zapatos acaramelados bien lustrados, impecable. Pensé que debía ser algún empresario hasta que me percaté que llevaba una maleta deportiva color azul, descuidada y sucia. Me pareció rarísimo y antes de abrir la boca me dije: “son cosas del Orinoco que tú no conoces ni yo tampoco”. Así que seguimos rumbo a Lima.

Estábamos cerca de la plaza 2 de mayo y vi que había tráfico.
—Puta  mare más piña no puedo ser —dije en voz alta. Seguí avanzando para salir del atolladero lo más rápido posible pero no me percaté que en mi afán por hacerlo le cerré el paso a otro taxista. El chofer, un moreno alto, se bajó del auto y empezó a insultarme.
—Qué te pasa imbécil de mierda porque me cierras el paso así, ¿eres gracioso? Muévete rápido o te mando pa´bajo.
—Disculpe señor, estaba distraído.
—Y a mí que me importa tu distracción huevonazo. Muévete o te reviento.
No supe que decirle así que opté por guardar silencio.
—Ya pe´ muévete.
Repentinamente el pasajero que estaba en silencio habló:
—Oiga señor, el chofer ya le pidió disculpa. Aceptó su error, le habla con respeto y usted le sigue insultando. Espérese un momento a que se descongestione el tráfico para que pueda avanzar.
—Y tú quien chucha eres. Te crees su padrino, su guardaespaldas o su mujer. O tú también te quieres ir pa´bajo.

En el preciso momento que el pasajero le iba a responder los carros empezaron ha avanzar. Y antes de volver a su carro el moreno nos volvió a insultar
—Cuánto te debo.
—10 soles, caballero.
—Toma —me dijo dándome un billete de 20 soles—, ahora síguelo.
Por un momento pensé en decirle que no valía la pena y que se olvidara del asunto, pero al ver que dentro de su maletín tenía todo un arsenal, solo atiné a seguirlo. Dentro del maletín pude ver una metralleta, una granada, un cuchillo y una pistola. Rastrilló el arma. Tenía una culata plateada muy hermosa. A la altura del museo de piedra lo alcancé y antes que cambiara la luz se bajó y con pistola en mano se apoyó en la puerta del taxi simulando tomar una carrera.
—Quien se va a ir para abajo ahora eres tú. ¿Por qué no me insultas ahora?
El moreno abrió los ojos como búho y empezó a transformarse. Era la primera vez en mi vida que veía a un moreno convertirse en blanco. Se agarró con las dos manos del timón y empezó a gritar: “No me mates, tengo familia, por favor. No me mates”.
Y empezó a llorar suplicando por su vida.
Y su valentía, me pregunté. Solo atine a decirle al pasajero:
—No lo mates causita.
—Vete, tú no has visto nada.
Avance lentamente y por el retrovisor vi que el moreno se había bajado del carro y estaba arrodillado rogando por su vida e intentando abrazar los pies del hombre. Ahí comprendí que de nada sirve ser malcriado o bocón. Comprendí también que es mejor seguir gozando de la vida, que morir por cojudeces. Desde que aparecieron las armas los valientes se desvanecieron. Yo  que era fosforito… aprendí a callarme la boca. //

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