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Cuento: El trapiche



Autor: Ángel Héctor Gómez Landeo

Luego de subir al motocarro, le digo al conductor, tengo prisa, llévame hasta el Jr. Inmaculada, al Trapiche. Ya vuelta, seguro que con la trampa, me dice, sonriendo maliciosamente. Sé que no debo mostrarle mi enfado, estoy sumamente apurado.
Antes de ingresar al local observo mi celular para comprobar si había logrado llegar temprano. Son las 9:53 p.m., que suerte, aún faltan siete minutos, me digo, aliviado. Busco un lugar apartado e íntimo, pero sin fortuna, pues las mesas que cumplen con esos requisitos están ocupadas. Las parejas y grupos de amigos dialogan alegremente, algunos bebiendo cerveza helada, y otros diferentes tragos exóticos, mientras escuchan rock de los 80 y 90 ¡No entiendo cómo logran comunicarse en medio de tanta bulla! Llego a una conclusión definitiva: No me gusta el ambiente.
Dirijo mis ojos hacia mezzanine, descubro sorprendido varias mesas vacías. Allí la esperaré, me digo, complacido por mi hallazgo.
Luego, de acomodarme en un lugar estratégico, mirando a la puerta, pido dos vasos y en una jarra grande el “Pájaro loco”, bebida afrodisíaca muy apreciada por los pucallpinos. Invierto uno de los vasos sobre la mesa, frente a mí, en el sitio que ocupará mi amada. Vierto el líquido en el recipiente de cristal que mi mano derecha sujeta, luego me pongo a beber, calmadamente, casi besando el vaso. Controlo la hora, faltan escasos segundos para que ella llegue. Entonces, cierro mis ojos y cuento mentalmente en forma descendente: 5, 4, 3, 2, 1 y 0. Abro los ojos para presenciar su ingreso majestuoso. ¿Dónde está? ¿No llegó? ¡Ah!, las mujeres siempre llegan tarde, ya aparecerá –me digo resignado.
Ha transcurrido 10 minutos, pero me parece una eternidad. No estoy acostumbrado a esperar a nadie. La preocupación me asfixia, prendo el celular y marco su número. No contesta, a pesar que timbra por largo rato. Dos veces más intento comunicarme, vuelvo a obtener el mismo resultado. Qué pasa, por qué no responde, me pregunto, desesperado. Pienso que me ha plantado, que se ha arrepentido. No sé qué hacer. ¿Me voy o la sigo esperando?, me pregunto, mientras contemplo angustiado el recipiente de cristal invertido sobre la mesa. Ella dijo que vendría y vendrá, entonces esperaré, me digo.
Son las 10:25, mi paciencia casi llega a su límite. Nuevamente marco su número. Contesta, vamos, contesta le digo mentalmente. Ella me dice que está saliendo de su casa, que la comprenda, pues se estaba poniendo linda. Está bien, no te preocupes, pero llega rápido, y sube a un motocarro que yo pago tu pasaje, le digo, aliviado. Ella vive cerca del Trapiche, calculo que llegará en cinco minutos.
Estoy incómodo. Al costado de mi mesa, un grupo de jóvenes universitarios beben el “Pájaro loco”, pero en la versión diminuta de mi jarra. Me observan de reojo, cuchichean y ríen. Sospecho que se burla de mí, por eso no puedo evitar una explosión de furia contra ella y contra mí. Miro la pantalla del celular, son las 10:35 p.m., ¿por qué la demora?, tal vez viene caminando, pero aun así ya debió haber llegado, reflexiono en silencio.
Vuelvo a llamarla. En esta oportunidad responde inmediatamente. Escucho su voz casi ininteligible. Es ensordecedor el ruido que produce el motokar que la transporta, sin embargo logro entender el mensaje: ella está llegando.
20 minutos más, y no llega. No puede ser, ¿por qué las mujeres son así? -me pregunto, encolerizado. Las risas y cuchicheos que provienen de la mesa vecina martirizan mi alma. Los observo disimuladamente, descubro a algunas de las chicas observándome con el rabillo de los ojos. Vuelvo a llamar al celular de Julia. Ella dice que tuvo un contratiempo en el camino, pero que en dos minutos estará a mi lado. Aparto de mi corazón la duda, luego que Julia mencionara la palabra “contratiempo”.
Son las once de la noche, estoy a punto de retirarme y regalar mi jarra casi intacta a ese grupo de noveles jóvenes, pero me arrepiento y me digo: No, la esperaré, aunque sea para mandarla al diablo, pues a mí nadie me hace esperar tanto.
Después de cinco minutos, por fin aparece. Un vestido negro, de diseño ajustado al cuerpo y escotado en el pecho, cubre su divino cuerpo. Muestra orgullosa parte de sus hermosos senos turgentes, y al caminar deja al descubierto sus contorneadas piernas. Realmente está muy bella y radiante, su hermosa cabellera azabache besa sus delicados hombros y se desliza cual sierpes hasta la parte media de la espalda. Es una bebe, valió la pena la espera, me digo emocionado. Lanzo una mirada de triunfo a la mesa vecina, no se dan cuenta. Ellos fascinados, en silencio, la devoran con los ojos. Ellas, sorprendidas, por el brusco cambio de actitud de sus acompañantes dirigen sus miradas hacia la intrusa. En completo silencio muerden sus labios ante el resplandor de su juvenil belleza. Sí, valió la pena la espera, me vuelvo a repetir, satisfecho.
¡Por fin llegas!, le digo amablemente. Recibo un cálido beso en la mejilla, luego elegante y coquetamente se sienta en la silla. Sí, es una bebe, me digo, mientras beso su mano izquierda. Discúlpame, no era mi intención llegar tarde, me dice. Estás perdonada, le respondo, mientras contemplo esos hermoso ojos negros encajados perfectamente en su rostro de niña mujer.
Conversamos largo rato hasta consumir la última gota del licor regional. Falta poco para las doce, qué rápido pasa el tiempo, me digo, luego de contemplar la hora en el celular. Le propongo continuar nuestra plática en un lugar más íntimo, lejos de las miradas curiosas. Me mira desconcertada. Me pregunta si voy a portarme bien. Le aseguro que nada haré que ella no consienta. Ella acepta. Antes de abandonar el lugar lanzo otra mirada triunfal al grupo de jóvenes. Adivino lo que piensan. Sonrío.
Subimos a un motokar. Le digo al conductor que nos lleve hasta Yarina, al hotel Gavilanes. Lo mejor para la bebe, me digo satisfecho. Abrazo tiernamente a Julia, y contemplo las luces de colores que han colocado en los Chifas, Discos, Pollerías y Karaokes, mientras el vehículo recorre el Jirón Inmaculada.
Un extraño adormecimiento invade mi cuerpo. Debe ser el aire, me digo, sonriendo. No alcanzo decirle al conductor que vaya más rápido, porque la forma puntiaguda de sus orejas, como la de los elfos, atrae mi atención y corta la ilación de mi pensamiento. Qué raro, me digo, mientras sonrío. Esa curiosidad quiero compartirla con Julia. Pero antes de susurrarle en los oídos no puedo evitar dirigir mis ojos sobre sus desnudos muslos y pantorrillas. Me sobresalto, descubro que ella tiene un pie desigual. Es mi imaginación, qué va ser la chullachaqui (demonio hembra de la selva), lo que pasa que ya estoy mareado y estoy desvariando, me digo, buscando una explicación lógica.
Una voz lejana golpea mi cerebro, es mi abuelo, dice que el encantamiento que modifica el cuerpo de estos seres míticos es pasajero, y se rompe en la media noche. Sonrío ante la superstición amazónica de mi abuelo. El motokar acelera y se desvía del camino. Hago un esfuerzo sobrehumano para hablar y preguntarles a dónde me llevan. Ninguno responde.

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