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Carlos Maktangrunaka: Cuatro géneros




DISERTACIÓN POR LA PRESENTACIÓN DE "CUATRO GÉNEROS", EN LA CIUDAD DE TARAPOTO. 

Buenas noches amigos.

Soy Carlos Maktangrunaka, un pequeño escritor y pensador de la ciudad de Lamas. Tengo 74 años. Estoy contento con haber nacido; aunque a mi cuerpo quisiera despojarle de un poco del tiempo que ya tiene acumulado. Pienso vivir hasta el día que yo quiera o hasta cuando la casualidad me despida. Siempre he pensado en la muerte, pero nunca en morir.

Me encantan las biografías y las autobiografías, porque ellas son cúmulos de grandes alegrías, de adversidades y de grandes heroísmos.

Nací un miércoles 6 de abril, muy cerca del mediodía, con una gran protuberancia "ñupu ñupu" al costado superior derecho de mi frente; por lo que mi madre, hecha una loca, como ella solía contar, se puso a recorrer todo el pueblo en busca de información y consuelo para su desesperación; desesperación que concluyó cuando una amiga le dijo que no se preocupara porque su hijito llamado "Oshiquito" había nacido también con la misma, y que ella era un aviso de inteligencia y que en treinta días exactos desaparecería. En efecto, mi progenitora casi se mata de alegría al comprobar que en ese lapso esa bola se había ocultado en el interior de mi cabeza.

He llegado a este certamen con un poco de recelo o, tal vez, temor, porque hace algún tiempo me comentaron que las presentaciones de libros en esta ciudad se habían trivializado tanto hasta el punto de que solo asistían a ellas unas cuantas personas. Sin embargo, en oposición a lo dicho, constato que en este evento se encuentran muchos ciudadanos y ciudadanas; a todos los cuales agradezco por su gentil presencia.

Ya había entrado al uso de razón cuando me tocó vivir, durante un año escolar, en Barranquita del Caynarachi. Ese año (1947), Edith Valera Reátegui, aristócrata racista de Lamas, prima mía, había sido nombrada maestra, y fui hasta el lugar como su acompañante.

Faltaban solamente unos cuantos días para 28 de julio, y era la escuela de Edith la que tenía que patrocinar los festejos de esa fecha; para los cuales me preparó un discurso largo para pronunciarlo de memoria y el cual debía aprenderlo, por su advertencia, teniendo en cuenta las pautas que indicaban la coma, el punto y coma, el punto y seguido y el punto aparte. Mis siete años debían protegerme de la paliza que me esperaba si la dejaba mal por "comer pavo" delante de toda la concurrencia.






Recuerdo esa disertación toda mi vida, porque, por la belleza que tuvo, fue el primer contacto consciente que tuve con la literatura. Yo había decidido dedicarme totalmente a ésta después de egresar de la secundaria. Pero un hecho fortuito varió las cosas. Cursaba el tercer año de media cuando un intelectual llegó a Lamas. En la Plaza de Armas, recitando por el sistema de parlantes del Consejo Provincial -el único que había en la ciudad- dijo que a Vallejo "lo matamos de hambre". Ese momento, al escucharlo, dije que cómo, habiendo sido un gran poeta muriera en la miseria y alarmando su indigencia a sus amigos. De donde deduje que en el Perú no se podía vivir de la literatura; y que por tal razón debía tomar la determinación contundente de proteger mi vida, principalmente mi vejez, haciendo una profesión de la cual sustentarme hasta el fin de mis tiempos. En efecto, de ella vivo, y ella me ha permitido publicar, lejos de la ayuda condicionada de nadie, muchas cosas colmadas totalmente de independencia ideológica.

"Cuatro géneros" carece de prólogo porque no quise que el prologuista opinara de él, ni de mí. Antes bien, me pareció conveniente que el lector, leyéndolo, fuera el que emitiera sus propios juicios acerca de sus temáticas. Es cierto, todo prólogo es un apoyo al lector porque le ayuda a informarse y a comprender el libro. Sin embargo, a su vez, puede significar también para muchos un medio para prescindir de su lectura.

En la presentación de "Cuatro géneros", en Lamas, dije que me encontré en diálogo en la calle con un amigo, a quien informé que mi revista principal, "No hay cultura sin lectura", había dejado de salir por tiempo indeterminado, porque iba a dedicarme a la tarea de publicar libros, mis libros, con diseños verdaderos de libros. Ante lo cual, él me espetó, con la franqueza que se gastan los muy amigos, lo siguiente: "Entonces solo vamos a leer uno o dos libros nomasiá, porque ya vas a morir".

Esta tontería remeció volcánicamente mi alma y me puso en agonías; de las cuales fui resucitando paulatinamente, hasta quedar otra vez vivo, y muy vivo; como suelo de esa manera pasar mis tiempos.

Varias décadas ya he vivido sin hartarme de vivir. Y vivir, para mí, ha sido, vivir detestando la ociosidad y los vicios con la ayuda de dos frases: 1) "Ocupado muero menos; desocupado muero más", y 2) "Si amas la vida no fumes la muerte". El 2005 publiqué en la sección humorística de "No hay cultura sin lectura", un calendario de actividades que realizaré hasta el 2038, en que voy a cumplir 100 años. Nunca he celebrado mi cumpleaños, porque nunca me animé a darle honra a la muerte por haberme matado un año más.

Anécdotas y accidentes de todo tipo me han ocurrido en mi ya medio larga existencia. Por tres veces mi testa sufrió golpes feroces como para que se partiera necesariamente en dos. Sin embrago, en cada vez, nada le ocurrió; de donde deduje que mi cabeza tiene más hueso que masa encefálica.

Hasta hace varios años atrás, los buses que viajaban a la Costa carecían de servicios higiénicos. En vista de lo cual, antes de viajar a la capital, dejaba de comer sólidos y orinaba por toda la cantidad de horas que iba a durar el viaje.

Hace ya muchísimos años, dije la noche que presentamos "Cuatro géneros" en Lamas, que en cierta ocasión vine a bañar en "La Rivera" del Cumbaza acompañado de varios camaradas, mujeres y hombres. Retornamos a nuestro destino dejando por olvido en el cascajal, mis zapatos. Después de varios días volví al lugar para recogerlos, con la absoluta seguridad de que los encontraría. En efecto, así ocurrió. Los hallé donde los dejara. Es que la gente que los viera diose cuenta que no los utilizaría, ni los vendería ni por diez centavos. Su número era 48.

Y el 2002 me ocurrió otro suceso fuerte; el primero de este siglo. No sé qué cosas me ocurrirán en el siguiente. Me enfermé e interné en un hospital de esa localidad por unos 16 días. Cuando salí, los amigos comenzaron a asediarme tupidamente con el argumento sólido de que cómo es que yo había llegado a esa contingencia habiendo escrito en mis revistas, en varias oportunidades, que no tenía tiempo para enfermarme ni morir y que los que se enfermaban o se morían eran unos grandísimos ociosos. Yo les contesté sosteniendo que me hube enfermado porque ya me había cansado de vivir sano 42 años y porque algunos amigos que tenían boticas se quejaban porque nunca les compraba sus medicamentos.

Nunca me he enrolado en los cánones de ninguna escuela literaria. Pero jamás deje de chuparme los dedos saboreando las obras de los que escribieron con armonía y aticismo, por lo que doy por seguro que mi literatura tenga esa influencia.

Aunque la dación de normas o sugerencias incomodan o causan escozor en muchos, sostengo que nosotros los literarios sanmartinenses, que hacemos literatura desde San Martín, deberíamos seguir recargando nuestras composiciones de novedades y destreza estilística, acompañadas del debido cuidado, que implique corregirlas meticulosamente y publicarlas con menos o con nada de errores gramaticales.

Y para los jóvenes aquí presentes, que estarían empezando a escribir, va la indicación de que deberían leer con mucha tenacidad, para que sus estilos mejores y concluyan con la dependencia o imitación que suele acompañar a los literatos que están estrenándose como tales.

Amigos, espero que "Cuatro géneros" les guste. GRACIAS. //

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